Tal como estaba previsto, el jueves 24 se desarrollaron los actos centrales por las Fiestas Patronales de nuestra ciudad y de la Diócesis de Chascomús, en honor a Nuestra Señora de la Merced, presididos por el obispo diocesano, Mons. Juan Ignacio Liébana, junto al obispo auxiliar, Mons. José María Baliña.
Con una importante participación de fieles, en primer lugar, se llevó a cabo la tradicional peregrinación por las calles de Chascomús. Tras la imagen de la Virgen marchaban los miembros del clero, los abanderados y escoltas de la Escuela “Nuestra Señora de Luján” y de la agrupación Scout “Martín Miguel de Güemes”, los niños y niñas de la catequesis de Primera Comunión y todo el pueblo de Dios.
Durante el recorrido, los fieles fueron rezando, cantando y vivando a nuestra Madre, la Virgen de la Merced, protectora de los cautivos. Vecinos y vecinas salían de sus casas y comercios para recibir la bendición impartida por los obispos y elevar sus oraciones por todo el pueblo de Chascomús.
Sin lugar a dudas, uno de los momentos más emotivos fue la oración por nuestros mayores frente a la residencia ubicada en calle Belgrano. Allí ingresaron los pastores diocesanos para saludar a los residentes y al personal y, en esta fecha tan especial, acercarles la presencia de la Virgen María y su ternura.
Ya en el templo de la calle Lavalle, y luego del rezo del Santo Rosario, a las 19 horas comenzó la Santa Misa, presidida por el obispo de Chascomús, Mons. Juan Ignacio Liébana, y concelebrada por el obispo auxiliar, Mons. José María Baliña, y los sacerdotes de la diócesis.
De la celebración también participaron el intendente municipal, Javier Gastón, acompañado por la directora de Comunicación y Protocolo, Pamela Abarca, la directora de Cultura, María Graciela Calderón, y el concejal Lucio Alfonsín
Una invitación a recuperar la libertad
En su homilía, el obispo diocesano expresó que “esta celebración de la Virgen de la Merced invita a renovar la alianza con María, reconociéndola como Madre, protectora y patrona de la libertad”, y propuso pedirle especialmente la liberación de tres esclavitudes de nuestro tiempo: la atención cautiva en las pantallas, el individualismo y la desesperanza.
La primera esclavitud señalada fue la dependencia de la tecnología y de la economía digital de la atención. Citando al Papa León XIV, advirtió sobre plataformas que buscan “captar el tiempo y la mirada de los usuarios, explotando sus fragilidades y debilitando la libertad interior” (MH 170).
Por ello, invitó a recuperar la libertad interior mediante una “verdadera higiene de la atención”, con espacios de silencio, lectura y reflexión, además de límites frente a la sobreestimulación digital (MH 146). En este sentido, señaló que “la tecnología debe ser utilizada como instrumento y no convertirse en un fin”, evitando que termine determinando nuestros pensamientos, decisiones y prioridades.
La segunda esclavitud señalada fue el individualismo, que conduce al aislamiento y al olvido del otro. La homilía recordó la necesidad de constituirnos en un “nosotros”, porque “nadie se salva solo, únicamente es posible salvarse juntos” (FT 32).
Frente a una sociedad que puede reducir al otro a una función, León XIV afirma: “La calidad de una civilización se mide no por el poder de sus medios, sino por el cuidado que sabe ofrecer, por la capacidad de reconocer un rostro en el otro y no una función” (MH 114).
En este sentido, invitó a reconstruir los vínculos, recuperar la proximidad y cuidar especialmente los espacios de encuentro: “la mesa compartida, la comunidad cristiana que se reúne, la visita a quien está solo, el servicio a los pobres” (MH 239).
La tercera esclavitud planteada fue la desesperanza frente a las dificultades de nuestro tiempo. La esperanza cristiana invita a no ser espectadores resignados, sino protagonistas de la transformación: “no espectadores resignados a las fracturas sociales y culturales, ni simples comentaristas de las ruinas, sino mujeres y hombres que entran en las obras de la historia” (MH 241).
“La esperanza supone comprender que lo valioso requiere tiempo, perseverancia y sacrificio. Es confiar en que la Resurrección de Cristo tiene más fuerza que la cultura de muerte, el odio, la guerra y la destrucción”, expresó Liébana.
Por todo ello, invitó a asumir la propia responsabilidad en la reconstrucción de la sociedad: “no temamos ensuciarnos las manos en la obra de nuestro tiempo” y, como Nehemías, “oremos, proyectemos con sabiduría, trabajemos con perseverancia” (MH 16).
La homilía concluyó con palabras del Papa Francisco sobre la fuerza de la Resurrección: “Donde parece que todo ha muerto, por todas partes vuelven a aparecer los brotes de la resurrección”.
Aunque muchas veces no podamos ver los frutos de nuestro esfuerzo, ningún gesto de amor se pierde: “no se pierde ninguno de sus trabajos realizados con amor, no se pierde ninguna de sus preocupaciones sinceras por los demás, no se pierde ningún acto de amor a Dios” (EG 276).
La invitación final fue “a seguir adelante con confianza, entregándolo todo y dejando que Dios haga fecundos nuestros esfuerzos”.